Winter - Into Darkness

Enviado por Cuericaeno el Sáb, 02/06/2012 - 22:50
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1. Oppression Freedom / Oppression (Reprise) (5:57)
2. Servants of the Warsmen (4:24)
3. Goden (8:18)
4. Power and Might [instrumental] (2:44)
5. Destiny (8:31)
6. Eternal Frost (6:47)
7. Into Darkness (9:26)

No sé si alguna vez habéis soñado con que caéis al vacío muy lentamente, pero con esa sensación de vértigo bullendo al límite en vuestro pecho, sintiendo vuestra respiración retenida, hasta que por fin despertáis de un sobresalto. El grupo que os mostraré a continuación inspiran justamente eso, sino que con ellos no sabes cuándo despertarás de tan angustioso letargo.

‘Desesperante’ es uno de los adjetivos más fieles a la naturaleza musical de Winter, y no por el frenesí histérico de un acelerado tempo, sino todo lo contrario, ya que las partituras de esta banda avanzaban casi en su totalidad como una térrea babosa de proporciones titánicas, que repta flemática, ciega, errante, no pudiéndose adivinar cuándo demonios emprenderá su próxima contracción o dilatación, cuándo ni hacia dónde se estirará ese inmenso coágulo viviente.

Los neoyorquinos son hoy una leyenda del Doom, y su brevísima estancia en la escena sumada al tan original lenguaje que esculpieron en el movimiento los convirtió automáticamente en un icono del Metal más extremo, y a su Into Darkness en una obra maestra del mismo. Fieles a la exasperante laxitud monocroma del Drone y con los códigos del Death primario muy presentes, ellos se tomaron en serio eso de explotar las atmósferas con su música, convirtiendo el mundano hecho de tocar un instrumento en algo más. Sin melodías concretas, acordes que se desprenden de las guitarras ciclópea y lentamente como ruinas de una ciudad sumergida.

Tras su demo homónima en 1989, el sello Future Shock les dio oportunidad para lanzar este LP, que grabado entre Abril y Mayo de 1990 en los estudios S.O.S. de Hempstead, Nueva York, conquistó su escena para yacer hoy como una de las obras clave del Doom Metal, a la vez que un ilustre hermano de sangre del Death.

Winter no mentían al público, ni con su gélido nombre ni con esa portada a cargo de Veronica Kross, la que aquí jugó a ser Dorothea Lange pero esta vez concentrando la visión de éxodo y penuria a niveles realmente tétricos, pudiendo ver aquí un paisaje desangelado, ruinoso y gris, merodeado por dos personajes como sacados de los archivos gráficos de la Gran Depresión o el Holocausto, capturada su fría impronta como si de espectros se tratara. Fiel reflejo de lo que nos aguarda en su interior este trabajo, henchido de visión, actitud y convicción en derruir las barreras de la propia música.

Desde que enhebramos la aguja en el primer surco de Into Darkness las manecillas de nuestro reloj giran más despacio. En la agobiante intro Oppression Freedom/Oppression (Reprise), las guitarras mugen en esa afinación subterránea que se derrama bajo el pentagrama, a la orden de los cánones del estilo, y obedeciendo también al minimalismo monolítico de unas estructuras que se convierten en dólmenes por esa batería de Goncalves (también letrista de la banda), que marca el compás amparado por una producción muy sólida a cargo de Greg Marchak, que lo petrificó todo de forma muy fiel a lo que quería expresar la banda, ese resquebraje de algo que parece que nos va a sepultar de escombros de un momento a otro. Todo oyente aquí se encontrará bajo la espada de Damocles, como dentro de una asfixiante mina abandonada a punto de desplomarse.

”Invasion of hurt
Penetration of Sensitivity
What are my secret fears
Red is rain of tears”.

- Servants of the Warsmen

La poesía depresiva de Goncalves nos llega por medio de los guturales de John Alman (también bajista del combo) en Servants of the Warsmen, empujados por las guitarras de Stephen Flam con tan acertados bend-ups que hacen de arcadas tonales para el texto de John, sirviendo más como coro casi que como riff, e inflando la expresión de decadencia que ya de por sí gesticula el tema, sublimando ese cariz opresivo el solo de Stephen, undívago y demente.

“Escuchad los penetrantes gritos del Cuarto Jinete en el viento…”

Goden, “desatado por los ángeles desde los cuatro rincones de la Tierra”, gatea deforme y doliente. El flanger en las hachas de este tema potencia aún más esa sensación de ir gastándosenos las pilas del walkman (sí, ese arcaico maquinario que llevábamos en el cinturón), aunque nada comparable a la viscosidad eléctrica que nos envolverá lenta pero letalmente en la instrumental Power and Might, que nos apresa con calma como una boa constrictor durante poco más de dos minutos que se nos hacen eternos, hasta enlazar con el siguiente corte.

Y el siguiente es Destiny y sus ocho minutos y medio de asedio, más movido, a medio trote, pero sólo por momentos contados, ya que lo que aquí gobierna es precisamente lo que afecta a casi todo el cuerpo de la obra, y es ese bajón enfermizo y desquiciante, ese culto a los cojones de plomo, esa nocturna odisea a lomos de la somnolienta babosa kilométrica (“Papá, ¿cuánto falta?”). Como una cena íntima con el comepiedras de La Historia Interminable. Hay que estar muy preparado, saber meterse en ambiente y amar el Metal extremo para aguantar completo el itinerario de esta procesión, sin tirar el cirio al carajo y pillar un taxi de vuelta a casa.

Pero debías saber lo que te esperaba cuando al leer los títulos te encontraste con un tan gráfico “Escarcha Eterna”, tanto a ojos como a oídos quizá el tema más fiel a la propuesta de Winter, y uno de los que desentrañan más nítidamente las propias raíces del Doom. En cuanto arranca el riff inicial de Eternal Frost es inevitable que se nos vengan a la mente unos grandes saurios del Metal como son Black Sabbath, pero amasados aquí por la factoría de pesadillas artesanales Winter S.L., y liberados a lento, lento y lento giro de manubrio. En este cuento de castillos de hielo, cuando las guitarras descarrilan en un inacabable armónico y surgen esas voces al reverso como de una ópera fantasma, podemos decir con seguridad que la sexta pieza del debut de los de New York es la más sobrenatural de todas. De otro espacio u otro tiempo.

Llega el tema-título, Into Darkness, y si no tenías bastante con los ocho minutos y medio de Destiny, qué tal si nos atrevemos con nueve y medio de pura oscuridad… Esa oscuridad absoluta con la que el ser humano suele perder el equilibrio, y algunos (muchos) incluso el valor. Esa entrada triunfal del tema, como un ejército de dragones de Komodo desfilando enérgico con la quijada en alto, es una deliciosa monstruosidad con secos aires magnificentes, poseedora a todos rasgos de las directrices capitales del Death Metal de vieja escuela. Tras un interludio donde diluida en la perezosa lava de las guitarras la parsimonia vuelve a recordarnos quién manda, ese ejército reptiliano retorna altivo y temible para despedir el corte, y con él, este majestuoso, catedralicio, pesado a la vez que ingrávido Into Darkness.

Después de este único larga duración, lo siguiente y último que lanzaron Winter fue un EP llamado Eternal Frost en 1994. Y tras ello, un silencio que ha durado hasta hoy, de una banda que aún sigue oficialmente en activo, dando conciertos de vez en cuando, pero que no ha vuelto a grabar nada más. Quizá porque ya vieron su misión sobradamente cumplida, quizá porque ya no necesitaban demostrar más aquello que consiguieron manifestar con su música. Su leyenda continúa a cada escucha de lo que nos legaron, y nunca está de más el asomarse a estos neoyorquinos de vez en cuando, en nuestras horas más oscuras, y sentir cómo se derrumban esas canciones poco a poco.

El Doom en su más íntegra expresión, en su substrato elemental, aquél con el que hay que curtir como el cuero el tímpano para evitar el absoluto rechazo, debiéndose entender la alta dosis de atmósfera y no sólo intentar buscar la música en sí misma, la mera correlación de notas, sino también el lodazal de lobreguez y desolación por el que pesadamente navegan las mismas.

‘La parálisis del sueño’ que llaman los expertos en parasomnias, o quizá la ‘apnea del sueño’ sean los desencadenantes de esa pesadilla común que cité al principio. Lo que no se sabe ni jamás se sabrá es de dónde sacaron la inspiración John Alman y Stephen Flam para componer estos siete adagios plutonianos (¿quizá de esos sueños arquetípicos?). Y si os atrevéis a sumiros en ese trance, debéis traer los deberes bien hechos, por ejemplo haber lidiado antes con las impenetrables fumarolas de Incantation, o haberos perdido en el lodoso laberinto kárstico de Demilich. Sólo así quizá traigáis el alma bien presurizada para descender a la siguiente capa, a la zona béntica en la naturaleza del arte, a la insondable guarida de Winter. No me digan luego que no les avisé.

John Alman: Voz y bajo
Stephen Flam: Guitarras
Joe Goncalves: Batería
Tony Pinnisi: Teclados adicionales

Sello
Future Shock