Triptykon with Metropole Orkest - Requiem

Enviado por Mother Man el Mié, 03/06/2020 - 04:22
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01. Rex Irae (Requiem, Chapter One: Overture)
02. Grave Eternal (Requiem, Chapter Two: Transition)
03. Winter (Requiem, Chapter Three: Finale)

Disco completo (lista de reproducción)

La muerte, acontecimiento indisolublemente ligado a cualquier forma de vida, ha sido objeto de reflexión por todas las culturas que han poblado nuestro planeta. Su irremediable y aparente evocación de “final” la ha situado como uno de los principales elementos condicionantes de todo tipo de cosmovisiones, de tal manera, que múltiples han sido los rituales desarrollados en torno a su sentido y su papel en la conexión con una supuesta realidad alejada del mundo material. En este sentido, si por algo se ha caracterizado la tradición cristiana, es por situar alrededor de la noción de muerte, gran parte de sus elementos identificativos, desde el sentido de rígidos preceptos morales hasta manifestaciones artísticas muy variopintas.

Una de las manifestaciones, tanto ritual como artística, de mayor tradición en la cultura cristiana, es la composición del Requiem, o “misa de difuntos”, cuyo origen se pierde en la Alta Edad Media y que, hasta nuestros días, siempre se ha caracterizado por ser una de las expresiones que mantiene una estructura más rígida y primitiva en su ejecución y composición, pues pocas son las variaciones estructurales que podemos encontrar desde los Requiem medievales hasta el Requiem polaco de Penderecki (1980-84), pasando por el famoso e inconcluso Requiem de Mozart (1791). De esta manera, no pudo ser otra banda que Celtic Frost la que se atreviera a idear su propia composición para difuntos, realizada desde la más plena oscuridad y haciendo gala de una apropiación simbólica con claros tintes provocativos.

Muchos éramos los que esperábamos la infausta coincidencia con la homónima composición de Mozart y que nunca veríamos concluida la obra que en su día comenzó Celtic Frost, especialmente después de que la trágica e inesperada muerte de Martin E. Ain cerrara la última puerta a una posible reunión futura. Sin embargo, hoy, 33 años después de que la mítica banda suiza presentara la primera parte de su particular Requiem, tenemos la suerte de poder disfrutar de la obra concluida, por iniciativa de Tom. G. Fischer, bajo el sello Triptykon, y presentada el pasado 12 de abril de 2019, en el marco del interesante y vanguardista festival Roadburn, acompañado por la Metropole Orkest. Sin embargo, para entender la magnitud del significado de este acontecimiento, es necesario retrotraerse en el tiempo y comprender que el Requiem es una composición cuya complejidad y excelencia condicionó profundamente la inestabilidad a la que se vio sometida una banda como Celtic Frost.

Sin lugar a dudas, ese penúltimo tema del controvertido Into the Pademonium (1987) era la pieza más revulsiva de un disco, ya de por sí, considerado como un experimento vanguardista excepcional, por unos, o una propuesta sin pies ni cabeza, por otros. De esta manera, nace lo que sería “Rex Irae (Requiem)”, que a la postre sería concebido como la primera parte de una pieza de tres y que, en principio, iba a ser publicado como un EP, en 1988. Ya por aquel entonces, dijo el propio Fischer que apreciar un tema como este requería de una “mente abierta” y es que, de buenas a primeras, a una de las bandas clave en el nacimiento y desarrollo del metal extremo, ahora también se le acuñaba la, aún hoy controvertida, etiqueta de Avantgarde metal. Las tensiones consustanciales a una evolución tan convulsa, llevaron a desencuentros de diferente calado en el seno de la banda y de ésta con el sello Noise Records, que desembocaron en la salida de Martin E. Ain y del resto de componentes, teniendo Fischer que recomponer la banda para darle un giro absoluto a su propuesta… un giro del que sigue avergonzándose actualmente y del cual no vamos a pararnos a hablar ahora.

De esta manera, “Rex Irae”, quedó durante casi 20 años como la primera parte y única muestra del gran proyecto ideado un día por Fischer. La genialidad de este tema se ve engrandecida por su ejecución en el concierto que nos ocupa; por un lado, los arreglos orquestales, dirigidos por Florian Magnus Maier (Alkaloid, Dark Fortress), mantienen la más pura esencia de la grabación primigenia, a pesar de la mayor complejidad instrumental. Los metales construyen un imponente telón de fondo sobre el que la voz de Fischer, con una entonación especialmente exhausta, y Safa Heraghi realizan ese famoso diálogo. Quizá uno de los puntos más llamativos sea el registro y entonación de la cantante tunecina, muy lejos de la técnica operística que mostrara Claudia-Maria Mokri en la grabación original, y que aporta una sobriedad que, en la actualidad, encaja mucho mejor con el proyecto. La contribución sobresaliente de la orquesta se hace palpable desde el principio. La producción es tan sumamente perfecta que prácticamente pueden distinguirse cada uno de los instrumentos y el resultado final refleja perfectamente el reposo y la madurez con la que esta obra ha sido desempolvada y adaptada para la ocasión.

La aparición de “Winter (Requiem, Chapter Three: Finale)” en Monotheist (2006), disco de reunión de Celtic Frost, resucitó las esperanzas de una posible segunda parte y, por tanto, de la próxima finalización del Requiem. Su reciente composición (2018) y el hecho de ser pieza de estreno, hace que esta segunda parte ocupe un papel preponderante en la actuación del Roadburn; pero es que, además, su amplia extensión y excelente conexión con las dos partes previas, la convierten en el motivo central sobre el que orbita el sentido de toda la obra, en su conjunto.

Durante el Clasicismo, el Requiem como composición, se convirtió en un tipo de pieza que simbolizaba la plena ambición del compositor. En este sentido, casi podríamos encontrar estrechos paralelismos con el papel que podría representar el Requiem de Celtic Frost/Triptykon; una composición que precisamente refleja las elevadas cotas de creatividad y autoexigencia del señor Fischer, las cuales se ven absolutamente confirmadas con lo mostrado en su segunda parte. Por supuesto, huelga decir que la estructura del Requiem, en su conjunto, nada tiene que ver con la de las composiciones clásicas de mismo nombre, cuyo eje central es el ruego por las almas de los difuntos; No podría ser de otra manera, partiendo del trasfondo anti-teísta que subyace a la personalidad de quien hizo suyo el lema “Only death is real”. Así, “Grave Eternal (Chapter Two: Transition)”, desde su propio título, nos refleja una aproximación contraria hacia la muerte. Una aceptación de la muerte como oscuridad, profundidad, reposo y tierra eterna… sin nada más.

El comienzo de “Grave Eternal” transcurre de manera solemne, con tintes de marcha fúnebre, cuyo desarrollo toma caminos inesperados. El pasaje inicial mantiene un clima de reposo tenso que, poco a poco, es roto por los metales y cuerdas, que van complementando con un aura tétrica y poderosa. Magistral el enfoque sinfónico adoptado y la trágica expresividad lograda, acompañada de un pasional Santura a la guitarra.

Por el contrario, toda la sección central de esta segunda parte mantiene un enfoque sobrio y estructurado predominantemente sobre el rico y monótono papel de la percusión. Es conocido que la percusión es uno de los componentes que mejor se correlaciona con la frecuencia cardíaca en la reacción fisiológica ante la música. Tan es así, que pareciera que Fischer nos quiere situar ante la misma muerte, al marcar ese juego de silencios, suavísimos tintineos de los platillos y leves golpes de tímpano. Durante el resto de esta sección central, la más absoluta oscuridad se cierne sobre nosotros. La monotonía imperante, las tétricas disonancias ejecutadas por las cuerdas, el críptico recitado de Safa y Fischer, el grueso y disfuncional temblor del bajo… todos los elementos aquí presentes evocan una lúgubre y funeraria calma que, por momentos, pareciera querer hacernos evocar y reflexionar acerca del inevitable final y la ausencia de toda forma de ascensión.

Si tuviéramos que decir algún pasaje en el que destacar la excelencia compositiva de este Requiem, sería la sección final de esta segunda parte. Es sencillamente magistral la interrelación entre todos los componentes orquestales y corales, junto con la banda y el magnífico canto de Safa. Simplemente, se trata de algo digno de sentir, de permitir que esas frías melodías penetren la piel y se adueñen de tu cuerpo hasta que, poco a poco, llegue a su fin.

“Winter” (2001-2005) aporta el último rayo de luz que pone el broche de oro a un momento histórico. La consecución de una aspiración que permanecía latente desde hacía más de 30 años. Una banda cuyas raíces sostienen y aún alimentan a los sonidos más lóbregos. Un cierre que pone punto y final a una de las sinfonías a la muerte más oscuras jamás creada. Una sinfonía cuyo corolario final no puede ser otro que “Only death is real”.

Tom G. Fischer: Voz y guitarra.
Victor Santura: Guitarra.
Vanja Šlajh: Bajo.
Hannes Grossmann: Batería.

Colaboraciones

Safa Heraghi: Voz.
Director de orquesta: Jukka Iisakkila.
Metropole Orkest (28 componentes).

Sello
Century Media Records