Slayer - Diabolus In Musica

Enviado por Cuericaeno el Sáb, 07/03/2009 - 20:46
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1. Bitter Peace (4:31)
2. Death's Head (3:29)
3. Stain Of Mind (3:25)
4. Overt Enemy (4:41)
5. Perversions Of Pain (3:30)
6. Love To Hate (3:05)
7. Desire (4:18)
8. In The Name Of God (3:38)
9. Scrum (2:18)
10. Screaming From The Sky (3:12)
11. Point (4:12)

"Tritonus diabolus in musica est".

Diabolus in musica (‘el Diablo en la música’) fue un término utilizado en el Medievo para definir un intervalo musical concreto, que por su difícil entonación y su tétrica a la vez que seductora sonoridad, fue prohibido por la iglesia por decirse que entraba el Diablo a través de él, usándolo como puerta a nuestro mundo. Ese diabólico intervalo era la cuarta aumentada o quinta disminuida, llamada también tritono.

Lo que no sabía la Santa Iglesia es que pasados los siglos nacería una vertiente musical que iba a hacer del tritono su demonio favorito. Desde que en 1970 llegara esa sombra reptante llamada Black Sabbath, arboreció un movimiento en ramas más fuertes hasta transformar y expandir su naturaleza, naciendo de ella ese rancio fruto prohibido llamado Thrash Metal, de ácido jugo y duro hueso, duro de roer, pero que acabaría siendo más manjar que desecho, creándose una especie de logia, de arte hermético volcado en la experimentación hacia los sonidos y ritmos más oscuros e imposibles.

Los reyes de aquella fórmula magistral y diabólica fueron y serán Slayer, los que llevaron aquello al máximo caos, un caos no exento de su propia armonía, como la espinosa y bella frontera que marca el fractal, una personal sinergia de la sincronía orquestada a golpe de riff. Y tras más de una década demostrando sus artes y maneras, de las que se fue notando una evolución que no fue de agrado para muchos de sus contemporáneos, Slayer se dispusieron a dar un paso más a través de sus tinieblas, mostrándonos otra mueca del monstruo, otra anatomía de la Bestia.

Con otras artes pero misma sombra, la mítica banda lanzaba a las calles en 1998 Diabolus In Musica, quizá el disco más controvertido de su historia, donde optaron por modernizar un poco su negra liturgia del riff pero sin renunciar del todo al ataque sónico que siempre los armó y caracterizó, aunque esta vez optando en su mayoría por balancearnos más blandamente, sin ametrallarnos de principio a fin como en sus fieros albores. Los susurros y entonaciones de Araya, a veces filtrados, y las también alteradas guitarras (aunque en breves ocasiones, y con el clásico flanger efecto jet), unido a esa colección de riffs que en su mayoría muestran influencias algo más ‘noventeras’ que ‘ochenteras’, hizo de este álbum, producido de nuevo por Rick Rubin, una obra que se alejaba bastante de la cruda atmósfera clásica del grupo, pero que por ello no dejaba de ser opresiva y agresiva. Una apuesta interesante para ver cómo se defendía la banda en semejantes terrenos y de qué forma manifestaban ese sonido desde su propio prisma.

Rick Rubin hizo lo que él vio oportuno en la labor de producción, al igual que hiciera con Reign In Blood, al que le dio ese sonido compacto tan innovador para aquel tiempo, y anulando ese reverb que para él ya pertenecía al pasado. Pero en proporción a la época en curso, 12 años después de La Obra, el resultado obviamente no fue igual en Diabolus In Musica, donde este visionario del sonido siguió firmemente los cánones que reinaban en aquella antesala del siglo XXI que ya se cruzaba, llena de filtros vocales y efectos en las guitarras, pero siéndole de agradecer ese baño extra de densa oscuridad con la que aún mantuvo digno el espíritu de estos titanes del Thrash.

Pero tenemos que recordar que tales titanes también habían alterado su fórmula compositiva tradicional, llevándola a vertientes más innovadoras, por lo que la suma de producción y composición dio un resultado demasiado… digamos… ‘moderno’, un abuso con el que se diluyó un poco la propia identidad y esencia de la banda, no por la solidez y nitidez en sí que ganara ésta con la nueva producción (que tanto es de agradecer como su oscuridad), sino por esos filtros y efectos ya mencionados, que unidos a aquellos riffs que en su mayoría sonaban tan elásticos y a la forma de cantar de Araya, transformaron quizá excesivamente la naturaleza de esta banda legendaria.

Pero la tralla aún tenía esperanza de vida, tanto, que todavía resultaba mortífera. Además, no todos los temas sucumbieron del todo al hechizo de la tecnología ni a la nueva usanza del riff, y a las pruebas me remito, que son sus canciones, 11 honestas muestras de innovación que tras la máscara del modernismo encerraban vestigios de una antigua magia, incluso a veces, más antigua que ellos mismos. ¿Se atreven a entrar?...

Un viscoso riff entra perezoso, acompañado por una batería que paulatinamente va sumando matices e intensidad hasta que todo se esfuma como un nefario fantasma. Tras un breve silencio, entran hirientes guitarras más familiares con las que la banda ya definitivamente nos lanza este primer corte a la cara, haciéndonos presa y zarandeándonos, presentándonos la canción más fiel a sus raíces de todo el álbum, y la mejor de toda la obra. Buen comienzo, aunque demasiado pronto soltaron a su mejor perro de presa.

Bitter Peace se materializa temerario y evocador, como un Black Magic musculado por una producción más moderna que engrandece y consolida más su presencia hasta hacerlo letal, preparado para conquistar los nuevos tiempos. Al circular nueva sangre por su antigua pero vigorosa musculatura, no dejaban por ello de notarse ciertas texturas y pasajes diferentes, más acordes con el lenguaje que manejaba esa era en la que había despertado la madura bestia.

”Initiate blood purge!”

La hostil pero inteligente letra, escrita por Hanneman, es hincada sílaba a sílaba por el chileno Tom Araya, dentando con saña un sendero en medio de esa masa turbulenta de riffs, que vivaces y enormes se van alternando al dictado del seísmo sabiamente estructurado que construye Paul Bostaph a la batería (créanme, no se echa de menos al gran Dave Lombardo), creando un tema realmente crujiente, adictivo, casi tangible, en el que el oyente se recrea hasta en las voces filtradas o los pasajes más maleables, pues es una canción donde ningún elemento que la ornamenta, por muy moderno que sea, se rechaza como intruso, porque el porcentaje de Gran Reserva es mucho más alto que los detalles y texturas que lo rejuvenecen, formando dichos elementos una bien lucida armadura que blinda con éxito a esta pieza de corte antiguo y porte moderno. ”Mechanized high tech/Whole sale death in effect”, tal y como parece autodefinirse la canción en dos de sus líneas.

Aparte del incendiario combate de solos que se marcan los titanes Hanneman y King, los instantes estelares y más significativos del tema son protagonizados por un regio riff magistral y genuinamente slayeriano que en momentos puntuales se manifiesta, y que por su imponente timbre y presencia, es el único de todos que es capaz de frenar al monstruo para hacerse escuchar, dejándolo palpitar y jadear a su son hasta retomar la carrera, siendo siempre ese riff el que marca cada frontera que separa los diferentes pasajes de la pieza, convirtiendo esos ceremoniales momentos en instantes cruciales donde la canción parece gritar su otro nombre, el que articula ese riff en su propio idioma.

Ese espectral y demoníaco sacerdote de la tenebrosa portada, tras esos caracteres crípticos, cual arcanos, que trazan el nombre de la banda y del álbum… Todo ello toma sentido y afinidad con esta primera canción. La imagen encuentra fiel banda sonora, leal soporte musical, consiguiéndonos convencer ese nuevo mundo que ulteriormente nos muestra la banda, una grata dimensión desconocida de su ‘yo’ musical.

Pero todo ello se viene abajo con todo el equipo cuando descubrimos que ese precepto sonoro que instaura la canción de apertura no lo cumple el disco en adelante, tan sólo en temas puntuales, no lográndose siempre esa perfecta cohesión entre clásico y moderno que supo dosificar Bitter Peace con maestría alquímica, notándose en el transcurso del álbum ciertas lagunas que impiden que éste se consolide. Decir también que ni soñemos en encontrar de ahora en adelante una canción de la misma calidad que este monstruo que entró el primero a gruñirnos, aunque no nos desanimemos, pues quedan temas interesantes por descubrir tanto dentro como fuera de ese sendero que labró Bitter Peace.

Death’s Head se desenvuelve muy Crossover, pero ganando en ciertos momentos un ambiente opresivo muy seductor, donde Araya susurra crepitante y perverso ese “despertaré el silencio en ti, dispararé la violencia a través de ti”. En Stain Of Mind el grupo entra en trance para traernos de un futuro nada lejano las maneras de unos aún desconocidos Slipknot, pero en su etapa más madura. Un tema potente que se deja escuchar pese a venir de quienes vienen, de los últimos en los que se pensaría a la hora de encarar una canción así.

La cosa cambia algo y para bien con el siguiente tema, pues cuando hablé de aquella antigua magia que a veces se presentaba más antigua aún que la propia banda que nos ocupa, me refería a Overt Enemy. En él parecemos escuchar al principio a los Black Sabbath del Master Of Reality, pero a bordo de la División Acorazada Slayer, con un coloso riff reptante sobre el que se vierte cálida la línea vocal de Araya, muy cercana ésta al balanceo y tonalidad del gran Ozzy, pero a la tosca usanza del chileno y aderezada con un trémulo efecto de voz que la hace más densa y atractiva. La canción después se slayeriza con un riff que irrumpe de súbito para que escalando sobre sus tétricas notas la banda vaya cargando baterías bajo el intermitente martilleo de la base rítmica, saliendo luego el grupo a galope tendido con una espuelada que, pese a dejar atrás esa grata parsimonia sabbática, es bienvenida para que la banda nos recuerde de vez en cuando quiénes son. Después del asalto velocista el tema vuelve a su cauce inicial para despedirse a lo Sabbath y terminar de un golpe seco.

El sísmico Perversions Of Pain se alza digno entre los demás temas, un ciclón de doble bombo que arriba presto, sólo dando una leve tregua en el flemático estribillo, aunque Bostaph no está por la labor de quedarse muy quieto que digamos, ametrallando sobre el lúgubre chorus con salvajes redobles. Gran riff el que nace en el 2:49, oscura y señorial antesala al desenlace del tema, que a toda velocidad se arranca apelmazando Araya fragmentos de lo ya cantado con líneas nuevas a modo de trabalenguas, apabullándonos ese salvaje conglomerado verbal, remolcado por la maquinaria ríffica y rítmica hasta desembocar en esos ”Higher level of pain” que repite iracundo hasta matar al tema. ¿Alguien tiene un peine?, porque vaya la que me han liado esta gente.

El disco sigue su curso dando paso a un Love To Hate que mejor olvidarlo pronto, donde ya se pasan de modernos, escuchándose por ahí escondido un buen riff que, tan despistado él como siempre, entró en la fiesta equivocada. Desire se porta mejor, con una maliciosa intro acústica que estalla en eléctrica para zambullirnos en un corte espeso y tenebroso donde Araya investiga en registros más depresivos e inquietantes en el verso, para romper luego en un estribillo modernista que pese a serlo cuela bien.

Un discontinuo riff Groove presenta a In The Name Of God, un contundente mid tempo sobre el que Araya se muestra tan invocador en su estribillo como en aquel consagrado South Of Heaven que abría el disco de mismo nombre, y con un solo de Kerry King donde el calvo pone a hervir en su B.C. Rich un chispeante kaleidoscopio de notas tan hipnótico como corrosivo, a su viejo estilo. Cumplido el 1:50, y tras un puente que nos va avisando de lo que se nos viene encima, nos cae un diluvio de parches y platillos que acelera esta octava pieza a cotas de tensión y violencia inusitadas, vociferando el chileno ese ”Antichrist is the name of God!” que repite varias veces hasta dar paso a un sinuoso pero desgarrado solo de King, que se explaya enfermizo a bordo de otro riff Groove que no le sienta nada mal, siendo ese riff barnizado por Kerry con una capa de extraña emotividad y eléctrico misticismo quizá aprendidos de su colega de inicios, el añorado Dimebag Darrell de la extinta pantera sureña.

Scrum nos inyecta savia Slayer con más notoriedad aún, pese a medio engañarnos al principio con un comienzo algo noventista, que pronto es interrumpido por un solitario riff perverso de vieja escuela, enturbiado por un flanger en modo jet que desfigura su maléfico espectro para inaugurar un inminente remolino percusivo cuya velocidad y abrasión nos retrotraerá al Ángel de la Muerte de aquella magnus opus del ’86. Pese a cambiar de logo y disfraz, el alma de la banda seguía ahí, manifestándose de vez cuando, como luchando contra los tiempos reinantes con su dialecto antiguo, nunca muerto. Conciso y mortífero este Scrum, el más breve y bestia de todo el álbum.

Marcando el paso desfila Screaming From The Sky, siguiendo las pautas de aquellos grupos que fueron fieles a la doctrina de Pantera, antes de que los nenes de Linkin Park cometieran el grave error de colgarse la guitarra que les regalaron sus papis (yo les hubiera dado un pico y una pala). El tema nos agita contundente a la vez que sinuoso, y con un halo de perversidad altamente adictivo así como su música en sí, de riff machacón y melodías de ultratumba, tan tenebrosas como la distorsionada voz con la que Araya llega a mostrarse en cierto momento de la canción. Point despide la obra completando el muestrario de riffs de aquel su último catálogo hasta la fecha, pero en una rápida y rica correlación donde en diferentes tempos, medios y rápidos, nos acosan con un logrado trabajo de gruesas guitarras que mezclan con equidad vieja y nueva escuela, sonando el tema en todo momento a Slayer, pero con la solidez y textura que la época requería, defendiendo el disco al final tan bien como al principio la valía e integridad de este nuevo proyecto que emprendieron, pese a que en ciertos episodios flaqueara.

En su primera semana de vida, Diabolus In Musica vendió 46.000 copias, muy buen número pese a no ser un disco muy bien acogido por sus más fieles fans. Y es que, pese a los senderos diferentes que haya tomado, este cuarteto de California nunca perdió en el camino su esencia primigenia, no hicieron como otros, que se inventaron el ridículo nombre de un santo y lo divulgaron al compás de baterías de cartón piedra, o aquellos que se dispusieron a rapear bajo su natal nombre de arma bacteriológica, como si no hubiera pasado nada.

Aunque unas veces más y otras menos, Slayer nunca dejaron de sonar a Slayer, todo un mérito, pues las corrientes son fuertes y amenazan en sus barridos con despersonalizar a todo el que alcance, pero menos mal que esta banda es un implacable rompeolas, que sólo se deja salpicar un poco para respirar nuevos aires, la bocanada justa que los renueve a ratos, pero sin olvidar quiénes son, sin perder su identidad y corpulencia… y sin dejar de acompañarles la densa y pesada sombra del ‘Diablo en la Música’.

Tom Araya - Voz, Bajo
Kerry King - Guitarra
Jeff Hanneman - Guitarra
Paul Bostaph - Batería

Sello
American Recordings