Paradise Lost - Lost Paradise

Enviado por Junkhead el Sáb, 19/12/2015 - 23:38
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1. Intro
2. Deadly Inner Sense
3. Paradise Lost
4. Our Saviour
5. Rotting Misery
6. Frozen Illusion
7. Breeding Fear
8. Lost Paradise
9. Internal Torment II*

Los factores básicos que no hace mucho nos reunían con Stainthorpe y cía. se repiten aquí: Halifax, Doom/Death, años 90, Peaceville Records. Sólo que hoy toca retroceder unos años, tres para ser más concreto, en función de enfocar nuestra mirada en otro artefacto algo más olvidado que aquél que nos ocupaba hace unos días.

“Lost Paradise” es el –nada gratuito- título del álbum con el que los visionarios Paradise Lost irrumpían en la escena extrema de su país, aún sin elevarse como un pedazo de historia de la música extrema pero sí poniendo de manifiesto sus intenciones y augurando un futuro de infarto que los colocaría como los nº1 del género. La obra editada en febrero de 1990 entra en esa interminable lista de debuts que a la larga sólo sirvieron de antesala a algo mucho más grande. Y cabe aclarar que lo que vino después fue efectivamente MUY GRANDE. Se trata de uno de esos trabajos en los que vemos algunos tornillos flojos en la propuesta, pero aún así una magia y una fuerza juvenil que jamás se repetiría en trabajos venideros. Algo sumamente natural y hasta saludable diría yo. La de Paradise Lost es una de esas discografías en las que “las segundas partes fueron mejores”. El salto evolutivo de “Kill Em All” a “Ride the Lightning”, “Show No Mercy” a “Hell Awaits”, “Reek of Putrefaction” a “Symphonies of Sickness” o “Rocka Rolla” a “Sad Wings of Destiny” se ve también entre “Lost Paradise” y “Gothic”.

Dicho esto, “Lost Paradise” es el típico trabajo de una banda cuya propuesta aún está en pañales. Cuando la obra se editó, en el catálogo de la banda figuraban tres demos: “Morbid Existence” y “Paradise Lost”, grabadas en 1988 y “Frozen Illusion”, de 1989. Por el momento se reducían a una agrupación que se la pasaba tocando exclusivamente en algún bar de mala muerte y repartiendo panfletos o cassetes entre sus amigos para “correr la voz”. La persistencia y las ganas de hacer ruido finalmente dieron fruto cuando en el correr del ’89 Peaceville y Earache tomaron cartas del asunto tras todo el revuelo que estos cinco jóvenes estaban realizando en el underground de su país y les ofrecieron un contrato discográfico. Según el propio Mackintosh, la banda recibió una oferta de ambas empresas el mismo día, de las cuales terminaron decantándose por la de Peaceville, por la simple razón de que se reducía a una triste hoja sin demasiado palabrerío y demás terminología legal que poco le interesa a un montón de jóvenes despreocupados que solo quieren ir al grano.

Con mucha ilusión, estas cinco juventudes de Halifax dieron forma durante el invierno de 1989 al trabajo que hoy nos reúne. Desde la inquietante –y hasta un poco pesada, para qué vamos a negarlo- intro, Paradise Lost forjan una atmósfera tan oscura y hostíl como no se volvería a ver en ningún otro trabajo de la banda. El desafiante where is your god now?... de rigor nos planta la cara a “Deadly Inner Sense”, la que ya nos presenta un Holmes desacatado como pocas veces se lo escuchó, un Matt Archer que resuelve su trabajo a la batería como puede y la unidad “Mackintosh/Aedy” estableciendo una atmósfera sobrecogedora que atestigua toda esa mala leche y esa hostilidad que anteriormente se mencionaba. Más allá de que las habilidades compositivas de Mackintosh no habían alcanzado ese estátus de “oro puro”, lo cierto es que es un placer escuchar los delirios “guitarrísticos” que él y su compañero de batallas Aedy desenvainan entre 1:40 y 2:10 o en la sección final del tema. La ejecución de los solos tampoco se acerca en lo mínimo a maravillas como “The Painless”, “Dead Emotion” o “Angel Tears” y ya ni hablamos de "Embers Fire" o "Remembrance", pero si alguien viene a decirnos que la ejecución es mala o que los tipos no saben tocar la guitarra, se está dejando en evidencia. A lo que voy es que a “Lost Paradise” hay que tomarlo por lo que es, un formidable y voluntarioso trabajo de buen Doom/Death. Más allá de la precisión con la que los instrumentos se ejecuten, lo importante en este género es colocar bien las notas y sumir al oyente en una sensación de estar enterrado vivo cosa que este engendro consigue con creces. Para más pruebas, “Paradise Lost” con esa caótica presentación de Mackintosh pinta un paisaje absolutamente desagradable propio del Doom Death BIEN hecho.

Aún sin dejarme en el camino a la convulsa “Our Saviour” y reconociendo la joven maestría que milita en la primera mitad del trabajo, es en la cara B cuando la banda despliega del todo su enorme potencial. La escalofriante “Rotting Misery” (el tema más recordado de este Lp, tanto que actualmente volvió a ser un corte recurrente en las actuaciones en vivo) por fin nos muestra claro y cristalino el pedazo de compositor que es Gregor Mackintosh. El propio título del corte resume tan bien lo que producen las letárgicas notas que despiden los instrumentos que cualquier cosa que yo pueda expresar con palabras sería innecesario. Miseria putrefacta, ¿hace falta decir más? Una de esas cosas de la cual uno no puede evitar preguntarse cómo carajo pudo ser compuesta por alguien que llevaba un par de años practicando con su instrumento. La respuesta es que en la composición, la inventiva y la visión está TODO. Por aquél entonces todos ellos eran músicos bastante limitados, pero con imaginación supieron sacarle provecho al asunto. Sin ir más lejos, Paradise Lost originalmente tenía planteado ser una banda de Grindcore, pero debido a la incapacidad de Archer para hacer blast beats (tengamos en cuenta que entró en la banda sólo porque “faltaba un baterista” en un momento en el que sólo eran un montón de amigos divirtiéndose y haciendo un poco de ruido) Mackintosh decidió ir a algo que no demandara demasiada habilidad técnica pero que igual pueda aplastar con violencia al oyente sin ir a mil por hora. Son cosas como esa las que definen a un gran creador, no sólo en música sino que en cualquier ámbito. La improvisación, el resolver situaciones tirando de otros recursos alternativos, el arreglarse con poco. Mackintosh sin mucha teoría y acompañado por unos músicos que aún se encontraban en fase de aprendizaje (entre los que él se encontraba) se sacó un pedazo de horror como “Rotting Misery” señoras y señores, manejando atmósfera, agresividad y oscuridad con una maestría que no cualquiera. Aprendiendo bien de los omnipresentes Celtic Frost (estos tipos de seguro le dieron al “To Mega Therion” y al “Into the Pandemonium” hasta romper el disco) así como también de los eternos Candlemass, Trouble y Saint Vitus no se puede fallar, siempre y cuando haya talento de por medio, claro está.

La igualmente impactante “Frozen Illusion” sigue haciendo gala de esos riffs tan malintencionados que moran esta placa, aquellos que evocan una imagen de desesperación, la de un pobre alma que deambula por un laberinto sin encontrar la salida. Cuesta agarrarle el punto a los punteos erráticos y hasta cierto punto, torpes que pueblan esta obra, pero siendo realistas, son estos los que le otorgan a la misma ese matiz grotesco y espeluznante que tanto lo caracterizan. Para muestra, “Frozen Illusion”, que en su trabajo de guitarra muestra ese paso cojo, y hasta confuso del que estamos hablando.

Finalmente llega otro de los pesos pesados del trabajo: “Breeding Fear”, soberbia, y ahí podríamos quedarnos. Aquí nos encontramos con otro número que muy tímidamente deja entrever un poquito de la fórmula del futuro “Gothic”, ya sea en las breves intervenciones de voces femeninas o en ese tétrico solo de guitarra que surge sobre la mitad del corte. Una de las melodías centrales del tema, más concretamente la que se deja escuchar por primera vez en 0:30 manifiestan que aunque todos valoramos a Gregor Mackintosh por sus dotes compositivos y su maestría a la hora de ejecutar su instrumento, la presencia de Aaron Aedy es igual de fundamental, sino más. Las melodías del primero necesitan al 100% de las bases del segundo o de otra forma no funcionarían tan bien y perderían muchísimo impacto. Pero claro, sin las melodías de Mackintosh, la base de Aedy tampoco tendría razón de ser. La maquinaria Mackintosh/Aedy funciona como una unidad, y es difícil imaginarse a uno sin el otro. En internet pueden encontrarse conciertos en los cuales uno de los dos no pudo participar quedando una sola guitarra durante toda la presentación y déjenme decir esto: Paradise Lost NECESITA dos guitarras, de otra manera, parece otra cosa. La manera en la que este dúo de guitarras se complementa entre sí es un absoluto placer de escuchar y daría para páginas enteras de estudio.

Otra muestra de esa maravillosa complementación entre Mackintosh y Aedy se escucha clara y cristalina en el outro que lleva el nombre de “Lost Paradise” (el corte de cierre en la primera edición de vinilo), todo un broche de oro para este notable disco en el que ambas guitarras trazan una melodía que repta amenazante en la oscuridad, que crea adicción y que lleva a uno a repetir el track como un poseso. Para no ser nada más que un simple outro, “Lost Paradise” no sólo funciona como la enésima muestra de lo que pueden hacer estos monstruos sino que da una sensación de que algo enorme está por venir. Y efectivamente, algo enorme vino. Menos de un año después de publicado el debut de los de Halifax, estos ya se encontraban trabajando y posteriormente editando aquél trabajo con el que dieron vuelta como una media a la escena extrema. Tanto en la versión de cd como en las reediciones de vinilo, una vez terminada “Lost Paradise” llega “Internal Torment II”, la continuación de un tema del mismo nombre que figuraba en las demos “Paradise Lost” y “Frozen Illusion” de 1988 y 1989 respectivamente, pero a decir verdad, en lo que a mí respecta, “Lost Paradise” termina con el corte que le da el nombre al disco, justamente porque tiene sentido a nivel estructural y porque como ya dijimos, produce esa sensación que te deja un final de una serie, una película o un libro cuando a lo último pone el típico “continuará”. Si los caprichos de un servidor no son suficiente, pues vayamos a lo concreto: así terminaba la primera edición del trabajo en vinilo y punto.

“Gothic” cambió las reglas del juego, fue un antes y un después, el disco mítico, quedando su hermano mayor “Lost Paradise” relegado –no sin razón- a un segundo plano. Más allá de esto y sumando la indiscutible calidad que posee el redondo, la obra de 1990 merece todos nuestros respetos por haber sido el primero. De la misma manera que Paradise Lost se erige como el líder del “Peaceville Trio” por haber llegado antes que todos y siempre haber estado un paso por delante de sus hermanos generacionales, “Lost Paradise” es un disco más que importante, fundamental, básicamente por ese ‘pequeño’ detalle: ser el primero. Por supuesto está el haber sentado las bases para la apoteosis venidera y también haber ayudado a definir un género que todavía estaba en pañales. Puntos flacos, no vamos a negar que los tiene, la madurez compositiva aún no estaba al máximo nivel y hasta la percusión es un poco torpe (entendible por otra parte, por razones que se explicaron más arriba).

¡La portada! Y esto es otro apartado que daría para una tarde entera de conversación. Y es que hasta el día de hoy no entiendo cómo se relaciona con la música, las letras o el título del álbum ese cyborg que parece un primo flacucho de Predator y posa en la portada como un neonazi pasado de copas. La contraportada por su parte, sí responde a lo que esperaríamos encontrar en un trabajo de esta índole: una foto en blanco y negro de los cinco integrantes de la banda posando solemnemente en un cementerio. Dos mundos completamente distintos, que dejan en evidencia una portada que honestamente se siente fuera de lugar, al menos para el que aquí escribe. La cosa quedaría bien en algo "onda Nocturnus", pero ¿Paradise Lost? Para nada.

Más allá de todo lo dicho, si lo tomamos por lo que es, “Lost Paradise” es un disco tremendo. Si queremos obras maestras de los de Halifax, hay rato para elegir, porque estos son unos GRANDES y no me cansaré de decirlo nunca. Pero si lo que se quiere es un sólido y oscuro trabajo de buen Doom/Death, adelante, no seré yo quien lo detenga.

Nick Holmes: Voz
Gregor Mackintosh: Guitarra
Aaron Aedy: Guitarra
Steve Edmondson: Bajo
Matt Archer: Batería

Sello
Peaceville Records