My Dying Bride - Songs of Darkness, Words of Light

Enviado por Junkhead el Vie, 15/05/2020 - 23:24
1515

1. The Wreckage Of My Flesh
2. The Scarlet Garden
3. Catherine Blake
4. My Wine In Silence
5. The Prize Of Beauty
6. The Blue Lotus
7. And My Fury Stands Ready
8. A Doomed Lover

Álbum completo

Luego de no quedar muy bien parados con las experimentaciones heroinómanas y barriobajeras de “34.788 Complete...” – disco que pese a sus buenas intenciones no dejaba de ser un “quiero y no puedo”-, My Dying Bride rápidamente aplicaron eso de “zapatero a tus zapatos” y tan sólo un año después enmendaron su error con “The Light At The End of The World” (1999), álbum que los devolvía a terrenos musicales más familiares, aunque eso sí, sin Martin Powell ni Calvin Robertshaw entre sus filas. La propuesta de aquella placa, que por la rapidez en la que fue editada podría interpretarse como un manotazo de ahogado, entre otras cosas volvió a poner a los de Stainthorpe en sus cabales, aunque en lo personal fue recién en “The Dreadful Hours” (2001) cuando realmente renacieron y dieron inicio a una segunda juventud que los ha llevado a publicar obras de altísimo calibre. El álbum de 2001 incursionaba en tintes más épicos y hasta progresivos que demostraban que la banda era capaz de seguir experimentando y perfeccionando su sonido sin traicionar su naturaleza y consiguiendo resultados sobresalientes. Sin embargo, lejos de estancarse en una zona de confort, los británicos volvieron al ruedo en 2004 con una obra que en lugar de ahondar en paisajes que se dicen elegantes y grandilocuentes, optó por una onda mucho más miserable y oscura, el crudísimo “Songs of Darkness, Words of Light”.

“Songs of Darkness, Words of Light” es un álbum que desde su título esboza una cruel ironía, una frase que promete luz al final del túnel y seduce al oyente a tirarse en un abismo que lejos de ofrecer un mínimo de optimismo, se oscurece más y más a medida que el minutaje del disco avanza y los lamentos de Stainthorpe se hacen cada vez más lastimeros. Estamos ante la obra que sin temor a equivocarme se lleva el premio a la más oscura y atormentada de los británicos, no poca cosa, sobretodo teniendo en cuenta que My Dying Bride siempre han destacado por editar trabajos que se regodean en su propia miseria dejando la más de las veces un mal cuerpo terrible en el oyente.

“The Wreckage of My Flesh” ya inicia la veda renunciando a la elegancia hímnica de a otras “openers” como “The Dreadful Hours” o la mastodóntica “The Cry of Mankind”, todo en favor de una atmósfera de perdición absoluta protagonizada por los atormentados gritos de un Stainthorpe que se desgañita como nunca antes, destrozándose la garganta de una forma que suena hasta azarosa, desorientada, transmitiendo un dolor y una ira que suenan puros y genuinos. Primer tema y las cosas quedan bien claras, acá se viene a sufrir. Pasado el descargo inicial, la banda transcurre en una marcha casi fúnebre, llegando a evocar unos Skepticism –muchísimo- menos densos cuando entran los arreglos de teclado, los cuales en el correr de esta placa toman un segundo plano para que las –escandalosamente graves- guitarras de Craighan y Glencross lleven de la mano al verdadero protagonista de la historia, Aaron Stainthorpe, quien ofrece acá una de las mejores performances de su carrera.

Dicha afirmación no es para menos, y es que es muy destacable el equilibrio que consigue el atormentado vocalista en la obra de 2004, sabiendo manejarse dentro de sus limitaciones como un auténtico profesional y logrando una labor tan inspirada como prolija, factores que cualquier persona que conoce al dedo la discografía de My Dying Bride sabe que no son constantes. Para qué lo vamos a negar, no pocos son los gallos que se le escapan cuando intenta ir más allá de sus habilidades como cantante. Sin embargo en el caso que hoy nos compete, las melodías que esculpe con sus lamentos son una maravilla en todos los aspectos y sin duda representan uno de los principales atractivos del elepé.

Claro está, el trabajo al micro no calaría tan hondo si no fuera por la escalofriante base que constituyen las guitarras, otro punto fortísimo del paquete que al igual que las voces, crean atmósferas de catacumba con una técnica bastante simple pero muy efectiva. La compenetración que consiguen guitarras y voz en temas como las hirientes “The Scarlet Garden” o “Catherine Blake” (esta última con uno de los estribillos más conmovedores del disco aunque ambas comparten el tener riffs iniciales de infarto) son para enmarcar y denotan una banda conformada por unos compositores con todas las letras que claramente saben trabajar en equipo.

Es debido a esa misma habilidad a la hora de componer temazos como si de algo tonto se tratara que “Songs of Darkness, Words of Light” es un trabajo relativamente fácil de escuchar, cada una de las canciones posee un motivo que mantiene atento hasta el final e invita a la repetición en más de una ocasión. También juega a favor el hecho de que a diferencia de “The Dreadful Hours” y sus épicas de diez minutos, los temas presentes aquí no pasan de los ocho, confirmando esa actitud más concisa y a la yugular que diferencia a esta obra en relación a su antecesora. De todos modos, nadie espere encontrarse algo al nivel de “Turn Loose the Swans” o incluso “The Angel and the Dark River” porque ahí el asunto estaría bastante peliagudo. Entendible por otra parte, ya que esos títulos son palabras mayores en todos sus aspectos, lo que no quita que la ofrenda presente sea un cañonazo que gran mayoría de grupos de Doom/Death hubieran matado por firmar. Que esto quede como un recordatorio de lo grandes que son estos tipos.

Por esta misma razón no podemos hablar de “Songs of Darkness, Words of Light” y dejar de destacar joyas como la reflexiva balada “My Wine In Silence” (quizá el número menos abrasivo de todo el redondo aunque no el menos deprimente), la brutal “The Prize of Beauty” (la más agresiva del compendio, con mayor inclinación a influencias Deathers en la voz) o la impresionante “The Blue Lotus” (soberbio Stainthorpe y no diré más, habrá que escuchar el asunto personalmente), todas y cada una de ellas dignas de unos maestros en estado de gracia, a su vez dejando en evidencia a “And My Fury Stands Ready” (con un parón atmosférico a lo “Black Voyage” que no termina de cerrarme) como el tema menos logrado del conjunto, que no malo.

Volviendo a lo que se decía al comienzo de la reseña, escuchar un disco como “Songs of Darkness, Words of Light” es el equivalente a mirar las películas más deprimentes de un enfermo como Gaspar Noé. Uno sufre hasta el final esperando que en algún punto de la trama los personajes tengan un descanso de la miseria que atraviesan en forma de un mínimo destello de optimismo pero una vez empiezan a correr los créditos, nos encontramos con la desoladora noticia de que esa luz al final del túnel nunca llegó ni llegará. De la misma manera, “A Doomed Lover” se encarga de cerrar la escucha con el número más angustiante y letárgico de todo el cedé, con un Stainthorpe que suena cansado, hasta vencido, como alguien que ya aceptó un destino trágico y entiende que no hay nada más que hacer más que esperar que la tragedia se manifieste de una vez por todas (vigésima demostración de la perturbadora expresividad que tiene este hombre a la hora de hacer su trabajo). Todo concluido por un “in crescendo” que en vez de culminar en una terminación bombástica al final no lleva a ninguna parte y simplemente muere sin mayor espectáculo. Habrá quien vea esto como un fallo o como relleno pero puesto dentro del contexto del álbum en su totalidad, no hace otra cosa que reafirmar las intenciones que tenían My Dying Bride en esta placa: grabar el disco más crudamente miserable posible.

Lejos de ser un clásico de la banda o del género, “Songs Of Darkness, Words of Light” no deja de antojarse como una magnífica opción si lo que se busca son atmósferas desgarradoras y ritmos aletargados, campos en los que My Dying Bride son maestros sin igual. También se coloca entre los mejores trabajos que han editado en el nuevo milenio y eso no es algo para tomar a la ligera sabiendo que han mantenido un nivel como mínimo formidable a lo largo de todos estos años, estableciéndose como los más fieles a sus raíces dentro del Peaceville Trio (solo hace falta ojear lo que estaban haciendo Paradise Lost y Anathema en esta misma época) y como una garantía de calidad a la que siempre podrán recurrir todos aquellos que se indigesten con las movidas más modernas de sus bandas hermanas. Para tener muy en cuenta.

Aaron Stainthorpe: Voz
Andrew Craighan: Guitarra
Hamish Hamilton Glencross: Guitarra
Adrian Jackson: Bajo
Shaun Taylor-Steels: Batería
Sarah Stanton: Teclados

Sello
Peaceville Records