Iron Maiden - The Book of Souls

Enviado por El Marqués el Sáb, 05/09/2015 - 01:54
7

Cd Uno:

1. If Eternity Should Fail
2. Speed of Light
3. The Great Unknown
4. The Red and the Black
5. When the River Runs Deep
6. The Book of Souls

Cd Dos:

7. Death or Glory
8. Shadows of the Valley
9. Tears of a Clown
10. The Man of Sorrows
11. Empire of the Clouds

“Iron Maiden no grabamos discos malos” defendía un convencido Steve Harris en la segunda mitad de los 90, con la banda inglesa inmersa en la peor de sus etapas creativas. Casi veinte años después, “The Book of Souls” no sólo le da la razón, sino que además nos permite sonreír, descubrirnos y brindar ante el dignísimo trabajo que ha registrado el sexteto y que augura un nuevo e interesante periodo, otro más, en su longeva carrera.

Cinco años han pasado desde “The Final Frontier”, de 2010 a 2015. Cinco años, el mismo periodo que en la primera mitad de los 80, treinta años atrás, les sirvió para publicar sus cinco primeros discos, de valor incalculable a día de hoy, y sentar las bases de lo que debía ser un tour mundial de una banda puntera de Heavy Metal, llevando a la perfección una fórmula ya inventada, de la que tomarían buena nota bandas como Metallica para alcanzar el estrellato.

Lógicamente las cosas han ido más lentas en el nuevo milenio, y la banda de Steve Harris ha necesitado el triple de tiempo para completar otra escalera de color en su triunfal partida de póker. Pocos podían presagiar en los tristes días de “Virtual XI” que la banda resurgiría para llegar al status que tienen hoy. Todos sabemos que un solo gesto de Bruce para tomar aliento en “Infinite Dreams” vale lo que toda la producción Maiden de “Brave New World” en adelante, pero también es verdad que ni de ese disco ni del “Dance”, ni de “AMOLAD”, ni siquiera de “Frontier” –otro de esos casos que ha ganado con el tiempo- se puede uno sentir avergonzado. Que están todos ellos llenos de buen material.

Y que a lo largo de los últimos años han compuesto un ciclo que parece cerrarse ahora con este “The Book of Souls” de imaginería que parece sacada de la saga “Evil Dead” y teletrasportada a un entorno de brujería y superstición en el corazón de la selva maya.

Desde ese punto de vista la portada gana muchos enteros. Visualmente no atrae a primera vista, pero trasmite a la perfección esa sensación chunga de magia negra en el interior de un bosque tropical donde moran tribus que celebran viejos ritos y arrancan sus propios corazones para ofrecérselos a sus dioses, tal como hace Eddie en una de las ilustraciones del libreto. Debe ser por cierto éste el encargo más oscuro que ha recibido Mark Wilkinson, autor de la portada y todos los dibujos interiores, excepto las ilustraciones que decoran los dos Cds, un bonito collage indígena obra de otro autor llamado Anthony Dry.

Centrándonos ya en la música, lo primero que vamos a escuchar es “If Eternity should fail”, bonito título para un tema escrito por Dickinson que se abre con una ambientación que evoca las bandas sonoras de Ennio Morricone. El primer signo identificativo del sonido Maiden nos llega con la inconfundible voz del cantante, muy enigmático, entonando casi a capella ese “…Here is the soul of a man…” Aquí está mi alma. Tomadla y disfrutad. Podemos imaginar esta primera parte sonando en playback con el escenario aún vacío, mientras las masas contienen el aliento aguardando la salida de los seis gladiadores, como ocurría con los primeros minutos de “The Final Frontier” en el tour del disco anterior. Cuando entra el resto del grupo lo hace sin desmelenarse demasiado, unas armonías de guitarra por aquí, las primeras cabalgadas por allá, sin excesiva prisa, sin necesidad de desperdiciar la munición. No será hasta que Bruce cante el estribillo, el “Reef in a sail at the edge of the world…” que nos sentiremos de verdad atrapados por el torbellino de fuerza de la banda, que percibiremos la buena forma en que han retornado. La canción se alarga, McBrain se encarga de partirla en dos con su percusión tribal, y al final escuchamos un discurso demoníaco que me ha traído a la memoria a los Nightwish de “Once” y el directo “End of an Era”, cuando irrumpía aquella especie de nativo indio en escena y recitaba un discurso con tal seriedad y convicción que te erizaba la piel aunque no entendieras nada de lo que te estaba contando.

“Speed of Light” es un tema muy dinámico que ayuda a digerir la densidad del anterior, y sin ser nada del otro mundo nos ofrece la ocasión de constatar algo que será una constante en los nueve siguientes cortes: Que el terceto de guitarristas ha diseñado un tejido espectacular de florituras, de océanos de solos que interpretan como si tal cosa, notándose además a Janick Gers muy participativo. Veremos si en la gira responde igual y no se limita a pegarse carreras y a dar saltos.

“The Great Unknown” se ve sacudida por unos cambios de ritmo espléndidos comandados por un Bruce Dickinson al que da gusto escuchar en semejante estado de gracia. Se trata de una canción en la que sus sucesivos elementos van apareciendo poco a poco, siempre dentro de un clímax tan vivo como complejo, y que estalla en un nuevo encadenamiento de solos que se interrumpen de forma abrupta, en uno de los varios detalles novedosos en las estructuras Maiden que hemos encontrado en este álbum, y que según vayan apareciendo comentaremos.

“The Red and the Black” se abre con unos rasgueos que recuerdan a las oscuras introducciones de varios de los temas del árido “X Factor”, pero pronto se muestra como lo que es: una lejana revisión del “Rime of the Ancient Mariner”, y a día de hoy mi favorita, el verdadero tesoro de esta nueva entrega de Iron Maiden. Ambas piezas comparten duración, las estrofas son muy similares, sientes que en cualquier momento Bruce va a cantar aquel lapidario “The Albatross begins with its vengeance…”, solo que aquí en lugar de desembocar en el inolvidable pasaje brumoso, con el crujido de la madera del barco y el recitado del poema de Coleridge, nos adentramos en un desarrollo instrumental de locura, con continuas sucesiones de notas en crescendo, que te permite imaginar a los tres hachas sobre la tarima en el centro del escenario mientras Harris galopa y Dickinson aguarda con una rodilla flexionada ante la batería de Nicko. Una fabulosa pieza en la línea de los Maiden épicos del presente siglo, que ojalá incluyan en el directo, heredera directa de “Blood Brothers”, “Ghost of the Navigator”, “Paschendale”, “Dream of Mirrors”, “The Greater Good of God” o “The Talisman”.

Retorno a la velocidad con “When the River Runs Deep”, con nueva exhibición de solos de guitarra en otro tema que no pasará a la historia pero que tampoco desagrada en absoluto, y cierre del primer Cd con el tema homónimo, escrito por Harris y Gers.

Una entrada acústica llena de misterio da paso al clásico riff de inspiración oriental que hemos escuchado mil veces, enésimo hijo del enésimo hijo de “Kashmir” o “Gates of Babylon”, que Maiden van despachando con solvencia hasta llegar a la segunda mitad, con la igualmente clásica explosión de heavy metal ampuloso, arquetípico y espectacular. Grande el break de McBrain partiendo de nuevo el tema en dos, con el subsiguiente torrente de punteos. Entre ellos escucharemos a un Bruce desatado entonando las dos últimas estrofas. Muy buen nivel una vez más, Maiden casi nunca han fallado a la hora de mostrar la carta de presentación de su baraja para cada partida: el tema título.

El segundo Cd se inicia con otro uptempo, “Death or Glory”, quizá una de las piezas menos arriesgadas del lote, en un estilo que me recuerda al de sus compañeros Saxon (el doblado en las voces del estribillo es puro Biff). Caer de la Champions para jugar la Europa League, que diría un antiguo colega, pero ¡qué diablos! Sigue siendo la élite, y las cuerdas de guitarra nos abrazan con sus alas una vez más y nos hacen volar. Tomando siempre como referencia la segunda etapa de la banda con Dickinson al frente, tenemos temas en esta línea más afortunados como “Rainmaker” o “Montsegur”, ambos de “Dance of Death”.

El guiño a “Wasted Years” al comienzo de “Shadow of the Valley” es un simple detalle, pues nada hay en el contenido posterior de la canción que recuerde al single de “Somewhere in Time”. Es más bien una canción a medio camino entre las piezas más veloces y las composiciones recargadas de melodía heroica, en la que el vocalista triunfa nuevamente engarzando sin pausa estrofas con puentes y de ahí a los rebuscados estribillos. Entre los diversos riffs se escucha uno reptante, martilleante y muy juguetón que aparece y desaparece, que me trae a la memoria una de las piezas más desconocidas de Deep Purple, aquel “Hungry Daze” perdido en el túnel del tiempo que cerraba la edición original del “Perfect Strangers” treinta años atrás.

“Tears of a Clown” está dedicada al actor Robin Williams, Maiden siempre han sido fans de grupos legendarios de humoristas al estilo Monthy Phyton, así como de entertainers payasos hasta la médula tipo Mr Bean, no hay más que recordar el humor bufonesco y casi troglodita de las novelas “The Adventures of Lord Iffy Boatrace” y “The Missionary Position” que hace un montón de años escribió el vocalista, así que parece lógico que se sientan afectados por el trágico desenlace que tuvo la vida del profesor de extravagante comportamiento del Club de los Poetas Muertos. La letra refleja con dureza el drama de tantos cómicos obligados por su personaje a sonreír y a aparentar felicidad cuando en realidad están completamente jodidos.

Muy conseguido también el tono tan dramático de “The Man of Sorrows”, sobre todo en su primera parte, y nuevo intercambio de punteos para lucimiento de Gers, Murray y Smith, que incluso recrean en el desenlace del tema aquellas atmósferas que crearon estos dos últimos en el lejanísimo “Sea of Madness”, seguramente la pieza más discreta de “Somewhere in Time”. Ese pasaje final se está convirtiendo en otro de mis momentos favoritos del disco, original también, no hay muchos temas de Maiden que incluyan una coda de este tipo.

En todo caso es un tema que quedará entre los tapados, al estilo “The Nomad”, “New Frontier”, “Faces in the Sun”, “Out of the Shadows” o “Starblind”.

Y llegamos al final con la suite, el magnum opus, el gran finale que son los 18 minutos de “Empire of the Clouds”, la canción más extensa jamás registrada por los británicos en todas sus distintas reencarnaciones. A estas alturas, cuando Harris y compañía nos han acostumbrado a esa capa de barniz progresivo en tantas de sus obras escritas desde “Brave New World” en adelante tampoco debe extrañarnos. El bajista ha conseguido por fin contar con una composición que en la primera etapa de la banda habría ocupado una cara entera de cualquiera de sus discos, y paradójicamente se lo debe a Bruce Dickinson, autor de este viaje al imperio de las nubes, cuya letra narra una catástrofe aérea ocurrida en 1930, y que tan pronto recuerda a una banda de Folk o Symphonic Metal como a las bestias del progresivo británico de los 70 (un poco a Genesis, otro poco a Yes –esos teclados hacia el 14´30-, algo de Jethro Tull por lo renacentista del fragmento 6´50 - 8´35, más a Emerson, Lake & Palmer), sin desatender las propias raíces (momento 11´50 con ese glorioso arranque a lo “Phantom of the Opera”).

Inéditos y muy hermosos los sonidos de cello y piano en la introducción, podrían poner fondo a la caída del rebelde escocés William Wallace, a la decapitación de María Estuardo o el éxodo de niños ingleses de las ciudades para evitar los bombardeos de la aviación alemana en la Segunda Guerra Mundial, es como si el vocalista, que canta con un sentimiento que aterra, se hubiera volcado en la escritura de esta pieza para no pensar en la enfermedad que desestabilizó su vida el año pasado.

Pero Bruce Bruce es mucho Bruce Bruce e Iron Maiden son mucho Iron Maiden. Naturalmente todos le deseamos una larga vida y mucha salud a nuestro Air Raid Siren, pero si el asunto empeora, no me extrañaría leerle realizando declaraciones como las que leía hoy mismo a Lemmy en una entrevista en una revista española: “Voy a seguir actuando. Y si llega el momento en que no pueda tenerme en pie, seguiré yendo al estudio a grabar. Todo sea por el Rock and Roll”.

Iron Maiden son así, por sus venas corre ese tipo de sustancia de la que a los seres vulgares no nos alcanza ni una gota, y lo han vuelto a demostrar. Han vuelto a hacerlo, con resultados incluso mejores de lo esperado, y el Libro de las Almas, el “Almonomikon” de Harris, Dickinson, Smith, Murray, McBrain y Gers es, junto a “Brave New World”, el mejor trabajo que han registrado en los últimos veinte años.

Bruce Dickinson: Voz
Steve Harris: Bajo
Adrian Smith: Guitarra
Dave Murray: Guitarra
Janick Gers: Guitarra
Nicko McBrain: Batería

Sello
Parlophone Records